El surgimiento del modelo vitivinícola: innovaciones institucionales e involucramiento estatal

1876 dc

Líneas de Tiempo: Mendoza, Vitivinicultura Mendocina

Categoria: Económico, Institucional

Pais: Argentina

Provincia: Mendoza

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En la segunda mitad de la década de 1870 y especialmente durante la década de 1880 la oligarquía mendocina, utilizando el control del aparato estatal, promueve el desarrollo de la vitivinicultura generando un nuevo modelo de acumulación en la provincia adaptado al mercado nacional que produce una profunda transformación económica y social.

El control del aparato estatal (legislativo y ejecutivo); la consolidación del mercado nacional; la destrucción de los viñedos europeos por la epidemia de filoxera (Phylloxera vastratix), la llegada del ferrocarril y la incorporación selectiva de inmigrantes, entre otras razones, le permitió a la oligarquía terrateniente mendocina liderar en su propio beneficio – compartido con algunas pocas familias de los sectores inmigrantes de fines del siglo XIX – el proceso de reconversión hacia la vitivinicultura.

Esto colisiona con “la producción historiográfica de la provincia (que) asocia el período de finales del siglo XIX y comienzos del XX con una suerte de origen fundacional de una sociedad más igualitaria – en comparación con el resto del país y especialmente con la región pampeana -, producto de las transformaciones productivas y de la incorporación de la vitivinicultura como actividad prioritaria. Según esta postura, la vitivinicultura, basada en la pequeña propiedad, dio como resultado un proceso que podría denominarse de democratización social que redundó en una sociedad más homogénea y equitativa” (Cerdá, 2011, p. 21)
 

Durante el dominio político ejercido en este largo periodo por la oligarquía mendocina se produjo el cambio de modelo económico de la producción agro-ganadera extensiva a la vitivinicultura. “En el contexto de una pampa húmeda destinada a ser la productora de cereales, no puede subsistir sin transformaciones la provincia de Mendoza.” (Martín, 1992, p.29) Entre 1862 y 1914 se sentaron las bases y se consolidó el nuevo modelo económico vitivinícola liderado por “la oligarquía, como actor eminentemente político del proceso y, especialmente, su decisión política de plasmar un modelo económico para la provincia que le permita integrarse a la nueva economía nacional que se gesta, por un lado y los inmigrantes, como actor inicialmente de naturaleza socio-económica que, con su conocimiento y su fuerza de trabajo, se va a constituir en el principal elemento humano del proceso que se inicia, por otro lado.” (Ibídem, p. 30)
 

Esta posición es también sostenida por Richard-Jorba quien plantea. “La crisis (se refiere a la crisis del modelo ganadero previo) desarticuló, en gran parte, la estructura económica y social vigente, lo que facilitó el desarrollo de la alternativa vitivinícola propiciada por el grupo modernizante de la elite, traducida en políticas estatales activas. La principal de ellas, eximió de impuestos por diez años, a partir de 1881, para los terrenos cultivados exclusivamente con vid, olivos o nogales” (Richard-Jorba, 2010, p. 76) Siguiendo a este mismo autor las medidas adicionales que facilitaron el desarrollo del modelo vitivinícola fueron: “la promoción de la inmigración europea, la expansión del crédito con el nuevo Banco de Mendoza (1888) y la difusión – tardía – de la enseñanza técnica, fueron otras de esas políticas, que condujeron, con el ferrocarril como elemento integrador del espacio, a la especialización vitivinícola de Mendoza, con una producción orientada exclusivamente al mercado interno” (Ibídem, p. 76)
 

La mayoría de los autores coinciden en que la llevada del ferrocarril a la provincia fue otro de los factores concurrentes sustanciales a la hora de explicar el proceso consolidación y despegue de la vitivinicultura a fines del siglo XIX: “La llegada del ferrocarril (en 1885), al mismo tiempo que limitó la expansión de Mendoza como productora de cereales y carnes – producto de las ventajas comparativas que tenía la pampa húmeda  - permitió organizar la economía provincial en torno a la producción vitivinícola, aprovechando sus propias ventajas comparativas derivadas del clima y el tipo de suelo. Así, el ferrocarril posibilitó una mejor y más rápida comunicación con Buenos Aires y con su zona de influencia – el litoral pampeano – que se estaba consolidando como el mercado consumidor más importante de la Argentina” (Cerdá, 2011, p. 41)
 

El rol activo del Estado provincial, cooptado por la oligarquía, fue fundamental en la promoción, protección y sostenimiento de la actividad.   En primer lugar, el Estado provincial toma decisiones en cuanta a fomentar una inmigración selectiva que le permitió incorporar fuerza de trabajo calificada en relación a la producción de vides y a la elaboración de vinos. “La información anterior nos proporciona una base bastante aceptable para afirmar que los planes inmigratorios para atraer mano de obra especializada fueron acompañados con un alto grado de éxito…” (Cerdá, 2011, p. 41)  “Por decreto del 26 de marzo de 1884, el gobierno de Mendoza designó al ciudadano italiano, señor Soglieri para que contrate en Europa 400 inmigrantes destinados al cultivo de la vid en esta provincia. En realidad Soglieri solo buscaría italianos del norte, hecho destacado por la prensa local; además portaba cartas de italianos ya emigrados invitando a sus parientes y amigos a venir a Mendoza” (Ibídem, p. 43)  

Este intervencionismo estatal a favor de la burguesía vitivinícola – silenciado en parte de la historiografía local – tiene sus antecedentes en medidas tomadas en el mismo sentido en las últimas décadas del siglo XIX. “Adicionalmente, a partir de 1881, se exoneró del pago de impuestos a los nuevos cultivos de viñas que se hicieran. La mayor parte de las medidas mencionadas, destinadas a conjugar los elementos materiales de la transformación económica, han sido tomadas durante el primer momento hegemónico del elenco estable de la oligarquía (1862-1890), sentándose las bases necesarias para el despegue del nuevo modelo económico. De esta manera se ha fomentado la inmigración, se han desarrollado nuevos medios de transporte y se ha comenzado a manejar racionalmente (aunque la racionalidad favorezca también a la oligarquía) los recursos naturales de la tierra y del agua y se han tomado las provisiones mínimas en lo referente a los recursos técnicos” (Martín, 1992, p.50)
 

O en palabras de otro autor, “desde el Estado provincial se diseñaron políticas de promoción vitícola, materializadas en las administraciones de Francisco Civit (1873-1876), Elías Villanueva (1878-1881) y Tiburcio Benegas (1887-1889), con normas de exención impositiva (aprovechadas por la elite económica para incorporarse a la viticultura moderna), o destinadas a la formación de recursos humanos, atracción de inmigrantes y expansión del crédito. Otra ley, de 1881, que eximió de impuestos hasta 1891 a las nuevas plantaciones de vid, olivos y nogales, el ferrocarril, y la modernización de la red de riego crearon las condiciones para la gran transformación económica y social” (Richard-Jorba, 2010, p. 85)
 

En otras palabras, este intervencionismo estatal en los comienzos del modelo económico que facilitó la concentración de propiedades y riqueza se repitió con motivo de las crisis de que afectaron a la actividad en 1901 y 1903, 1913-1918 y 1928-1937. En todas ellas, “las medidas adoptadas por el Estado se orientaron a “sostener” el precio del vino beneficiando a los bodegueros pero sin dar soluciones a los sectores viñateros” (Cerdá, 2011, p. 51)  

En 1897, “se creó, además, una Comisión de Defensa de la Industria Viti-Vinícola de la provincia, que funcionó en coordinación con el Centro Vitivinícolo fundado por empresarios en 1895” (Ibídem, p. 89) La ley general de aguas, sancionada en 1884, es otro hito en la consolidación de este modelo.   De esta manera, “las políticas de la oligarquía, autodefinida liberal, produjeron una enorme transformación económica, técnica y geográfica que no fue entregada a la mano invisible del mercado”. (Ibídem, p. 91)

Esta transformación produjo, según este mismo autor, diferentes actores que se encontraban vinculados por relaciones fuertemente asimétricas: “el viñatero – propietario o arrendatario – explotaba, en general, fincas menores a 5 ha y vendía la uva al elaborador de vinos. El productor agroindustrial tenía viñedos y elaboraba vino en establecimientos de tamaño variable, aunque con predominio de los pequeños. Vendían su producción en el mercado local, en ocasiones a otras provincias y también a grandes bodegas, dando origen al denominado mercado de traslado. El industrial bodeguero poseía o arrendaba bodegas y no producía la materia prima. Los bodegueros integrados tenían viñedos, elaboraban y comercializaban el vino. Constituían un reducido grupo de grandes empresarios con capacidad para controlar la industria e intervenir en la fijación de precios (sin que eso significara una cartelización), generando así una temprana conformación oligopólica del sector. La presencia de estos bodegueros cobró vigor desde la década de 1900 y tuvieron notable influencia y presencia política provincial. Finalmente, los comerciantes extrarregionales, operando en el mercado de traslado, distribuían en otras provincias los vinos locales o los compraban a granel para fraccionarlos con sus propias marcas” Otro actor particular del proceso fue el contratista de plantación quienes asumían la responsabilidad de implantar los viñedos y hacerlos producir.
 

Esta agroindustria dedicada a la producción en gran escala contó con “un empresariado regional, pues sus capitales  y su poder de decisión sobre inversión, producción y comercio estaban en Mendoza; y el capital extrarregional o transnacional no tenía suficiente entidad como para alterar la situación”
(Richard-Jorba, 2010, p. 92) En términos de magnitudes, al finalizar la primera década del siglo XX se había llegado a 50.000 ha de viñedos. “Países industrializados con sus equipos y diseños edilicios, inmigrantes de las más diversas procedencias, así como el transporte ferroviario, aportaron a la configuración del nuevo espacio vitivinícola…” (Ibídem, p. 104) La masividad y el volumen eran una de las características del modelo, “toda la estructura estuvo orientada a la gran producción: enormes paños de viñas, bodegas gigantescas y, en el caso de los pequeños productores de uva o vino, su objetivo excluyente era producir lo máximo y venderlo cuanto antes.” (Ibídem, p. 104)
Para este autor uno de los actores centrales, junto con el empresariado local e inmigrante, que participó en la generación de la transformación económica y territorial que significó la implantación y difusión de la viticultura modera fue el contratista de plantación. Bajo condiciones contractuales muy variadas, “este contratista pactaba con el propietario de la tierra hacerse cargo de implantar viñedos en determinadas superficies, mediante la reconversión productiva de la explotación, la incorporación de terrenos incultos o ambas cosas” (Ibídem, p. 110)  

En lo que respecta a la incorporación de tecnología y el equipamiento técnico, “en los primeros años del siglo XX el ferrocarril ingresó a las bodegas principales optimizando los costos y el tiempo de vinculación entre espacio productor y espacio de consumo. La electricidad se generalizó rápidamente a través de pequeñas usinas hidráulicas con el uso de motores a gas pobre, nafteros, etc., en coexistencia con las calderas a vapor. Una parte considerable de los equipos fueron adaptados para ser utilizados con energía eléctrica, lo que explica su generalización. Los motores eléctricos aplicados a moledoras, prensas, bombas, sustituyeron fuerza de trabajo humana, redujeron costos y mejoraron la rentabilidad empresaria” (Ibídem, p. 123)  

La nueva estructura de producción capitalista, asentada en un modelo agroindustrial orientado al mercado interno condujo a un proceso de formación del mercado de trabajo libre en Mendoza predominando la condición proletaria a finales del siglo XIX que dio lugar a la cuestión social en consonancia con otras regiones del país. “Si bien el proletario era un elemento imprescindible en el proceso productivo, sus límites, no franqueables, estaban fijados por ingresos que solo permitían, en el mejor de los casos, la reproducción; y por viejas instituciones de coacción y control. La necesidad de moralizar a las masas fue el discurso hegemónico que fundaba el control social y la explotación de los desposeídos, entendiendo el trabajo como una obligación y no como un derecho” (Ibídem, p. 132)  

A pesar de la vigencia de las instituciones y mecanismo coactivos – rémoras del periodo anterior – que buscaban restringir la movilidad de los trabajadores en la segunda mitad del siglo XIX, no se pudo evitar la conformación  de un mercado de trabajo libre y unificado. En las últimas décadas de este siglo el mercado de trabajo se fue dinamizando y modernizando en el sentido de disminuir los componentes en especie del salario. En  lo que respecta al mercado de trabajo vitivinícola, las estimaciones para 1903 sugieren que empleaba a 15.000 personas de modo permanente y otras 22.000 en la vendimia con una superficie con viñedos en producción de 22.205 ha y 1.300.000 hl de vino elaborado. (Ibídem, p. 165)
 

Otro de los actores de este incipiente mercado laboral vitivinícola era el contratista de viña quienes, a diferencia del contratista de plantación, tenían muchas más dificultades para acceder a la propiedad rural dado que “solo ofrecía la fuerza de sus brazos a cambio de un ingreso fijo y de una cierta proporción de la cosecha” (Ibídem, p. 166)
 

Finalmente, a diferencia de los contratistas, peones y jornaleros se encontraban invisibilizados, percibiendo salarios de supervivencia y padeciendo, consecuentemente, condiciones de pobreza y explotación.(Ibídem, páginas 168 a 172)
  Los bajos salarios y las condiciones laborales de los peones y jornaleros mencionados fueron las causas principales de las huelgas y conflictos sociales que ocurrieron en Mendoza en las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX.  

De esta manera, hacia finales del Siglo XIX se consolidó en Mendoza el modelo agroindustrial vitivinícola y el capital productivo adquirió preeminencia sobre el mercantil. Los potreros de engorde cedieron paso al paisaje vitícola, a la bodega y el ferrocarril. Con todo ello una nueva estructura socioeconómica se abría paso y en las primeras décadas del Siglo XX acontecerán eventos económicos, políticos y sociales que distan de las versiones idílicamente aconflictivas del modelo económico vitivinícola.  

Fuentes

CERDÁ, Juan Manuel (2011); “Condiciones de vida y vitivinicultura. Mendoza, 1870-1950”, Universidad Nacional de Quilmes Editorial.  
MARTIN, José F. (1992), “Estado y empresas: relaciones inestables. Políticas estatales y conformación de una burguesía industrial regional”, EDIUNC, UNCuyo, Mendoza, Argentina.  
RICHARD-JORBA, Rodolfo (2010); “Empresarios ricos, trabajadores pobres: vitivinicultura y desarrollo capitalista en Mendoza 1850-1918”, Prohistoria Ediciones, Rosario, Argentina.    

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